No podemos recuperar aquellas simples lágrimas que caían por la cara sin vergüenza, seguidas de gritos de desahogo y expresión de pocos amigos, aquellas sonrisas desinteresadas que detrás solo traían alegría interna creada por un simple momento en familia, un par de minutos jugando o alguna fantasía que pasaba por aquella mente ingenua; siempre nos sentíamos uno más y quedaban huecos para los últimos, desconocíamos las trampas por lo que no las usábamos, nos creíamos libres pero dependientes de nuestros mayores por lo que gozábamos de la tranquilidad que eso nos causaba; el miedo no nos acompañaba cuando se trataba de investigar y aprender la siguiente pequeña lección de vida y por ello confiábamos en que el suelo fuese un colchón y cada herida una larga historia que contar, no existía el egoísmo ya que no entendíamos como divertirse era posible sin compartir el juego o tras jugar solos, compartir la hazaña con los demás, ayudar al de enfrente era satisfactorio y sin compromiso, nos permitíamos sentir y manifestar las emociones que en cada momento pasaban por el cuerpo sin ver nada extraño en ello.
¿No teníamos noción del valor de las cosas? Mucho más que ahora.
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